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La atenta mirada de Dios


Cuando era pequeña, creía que todos habíamos llegado al mundo, de la mano de Dios. Pensaba que todos estábamos destinados a algún fin en la tierra, y que, por lo tanto, debíamos entregarnos al cien por cien, a ese fin.

Con los años, descubrí, que las connotaciones de aquellas palabras, eran diferentes. Que Dios, eramos nosotros mismos, que nosotros no debíamos recurrir a la oración, si no a la fuerza, a nuestra propia fuerza interior, a nuestra capacidad de sobrellevar las cosas. Dios somos nuestro aguante, nuestra suerte, nuestro destino; y fin, no era lo que veníamos a hacer al mundo, sino, que era el acabar de nuestro mundo, donde se unía nuestra muerte, con la trayectoria de nuestra vida.

La vida tiene una banda sonora compuesta de palabras, emociones, hechos y canciones, pero todas ellas dependen de un factor común, nosotros mismos. No somos plenamente conscientes de los sucesos, no podemos programarlos todos, pero podemos encaminarnos a lo que pasará. Es por eso, que ahora me doy cuenta, de que el lugar al que he llegado, es la suma de mis actos, el destino y mi suerte.

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